Álvaro abrió la puerta del conductor, pero antes de entrar oyó una voz a su espalda. Era el
hombre que había estado esperando junto a la entrada. Se acercó mirando de reojo el
deportivo.
—Perdona, ¿te puedo preguntar una cosa? ¿Te lo acabas de comprar?
Álvaro sonrió.
—No, qué va. Lo he alquilado para estos días.
—¿En serio? Pensaba que era tuyo.
—No me importaría —respondió, riéndose—. Pero el lunes tengo que devolverlo.
El desconocido volvió a mirar el coche. —Pues me parece una idea estupenda.
Nadie esperaba ver esta llave en sus manos, al menos no de aquella manera.
Quienes lo habían visto llegar sin automóvil habían imaginado una compra importante. La
realidad era mucho menos complicada.
Álvaro había quedado con unos amigos, tenía un par de restaurantes pendientes y quería
dedicar una mañana a recorrer la carretera de la costa sin demasiada prisa. No necesitaba un
coche así durante todo el año. Le apetecía conducirlo durante aquel viaje.
La razón por la que tenía esta llave sorprendió a todo el mundo. No por
tratarse de un secreto extraordinario, sino porque nadie había pensado en la explicación más
sencilla: el coche era alquilado.
Álvaro ajustó los retrovisores, comprobó el recorrido y salió despacio del hotel. Ser
propietario de un automóvil especial y disfrutar conduciéndolo no eran necesariamente la
misma cosa.